Revista Noche y Niebla Nos. 34 y 35

Algo impactante en el último año es la cantidad de casos de “falsos positivos” que constantemente nos golpean por la gravedad de los hechos y la perversidad que entrañan al tratar de engañar a la sociedad y al mundo mediante mecanismos que hacen creer que se trata de “muertes en combate” cuando en realidad son ejecuciones aleves de personas civiles e indefensas.

Esto reviste extrema gravedad por la diversidad de lugares donde ocurren, muy distantes entre sí, y por la multiplicidad de unidades militares comprometidas en los casos, lo que revela que no se trata de hechos fortuitos o aislados sino de prácticas sistemáticas que deben tener orientación desde los más altos niveles del poder.

Ya en julio de 2006, tres coroneles y dos mayores, comandantes de batallones, que dieron declaraciones a periodistas del diario El Tiempo, afirmaron: “la gente no llega a imaginarse la tortura sicológica de tener que entregar resultados todos los días” (El Tiempo, julio 2 de 2006, pg. 1-2). También el asesor del Ejército, Alfredo Rangel, revelaba en la revista Cambio (No. 677, 25 de junio de 2006, pg. 27) que “se ha venido implementando un problemático esquema de evaluación [de desempeño]: valora excesivamente –y, a veces, exclusivamente- las bajas del oponente, y castiga desproporcionadamente los propios fracasos operacionales. Consecuencia: tendencia a lograr bajas sin asumir riesgos, sin exponerse demasiado, o mejor, nada. Resultados: civiles indefensos que aparecen muertos en combates que nunca existieron”.

Consecuentes con nuestro método de referirnos a casos concretos, situados, fechados y circunstanciados, recopilamos a continuación los casos de falsos positivos registrados en el último año (julio de 2006 a junio de 2007), siendo muy conscientes de que esto es sólo una muestra de lo que ocurre en el país, ya que muchos casos no llegan a ser registrados en nuestra base de datos.

Este número de Noche y Niebla se apoya en el esfuerzo que ya va avanzando y consolidándose, de acercarnos para actuar conjuntamente con numerosos grupos de las regiones colombianas que han venido trabajando en el registro y denuncia de las violaciones más graves a los derechos humanos. Ello ha significado abandonar en buena medida las fuentes de prensa y escuchar más en vivo y en directo las voces de las víctimas, de sus familias, de sus organizaciones, abogados y entornos sociales. La gran riqueza y concreción que esto le ha dado a los relatos pueden apreciarla los lectores directamente.

El aporte que esos relatos vivos le están haciendo a la salvaguarda de la memoria histórica de los sufrimientos del pueblo colombiano salta a la vista. Es conveniente recalcar lo que hemos expresado en los números anteriores de la revista: cada vez estamos más convencidos de que es imposible pretender ofrecer una estadística de las violaciones graves a los derechos humanos y de las infracciones al DIH en Colombia, mucho menos cuando los recursos se han ido limitando sensiblemente. Son muchas las razones para que una cantidad significativa y a veces enorme de esas violaciones, permanezca en el silencio o su conocimiento no llegue a instancias que puedan denunciarlas.

Hay razones muy frecuentes de temor, en un país que continúa bajo el dominio paramilitar, ya sea reciclado, ya “legalizado”, ya bajo estratagemas innovadoras o donde la fuerza pública sigue alternando, según conveniencias coyunturales, con el accionar paramilitar. Hay razones de recursos y limitaciones en las comunicaciones, en un país de gran extensión física, de enorme pobreza y miseria y de difíciles comunicaciones. Hay razones de carencia de información y de ausencia de instancias mediadoras para tramitar y recaudar las denuncias. La sección de la revista dedicada a Actualizaciones muestra que muchos hechos son conocidos o denunciados con meses y años de distancia de su ocurrencia.

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