En este cuaderno se presentan seis formas diferentes de preservar la memoria de las víctimas durante el último período del conflicto social y armado colombiano (1993-2016). Estas seis formas son: la casa de la memoria en Tumaco, la peregrinación anual en Sogamoso, la comunidad en resistencia de San José de Apartadó, el Parque de la Memoria en Trujillo, la evangelización en el Alto Ariari y la memoria: nuestro territorio en Caldas. La preservación de la memoria es, en los seis casos, un ejercicio múltiple para exorcizar los fantasmas del pasado y del futuro.

Estos fantasmas varían según la localidad, pero todos muestran una impronta común: la violencia armada propia de la injusticia institucionalizada. En Sogamoso, “esta masacre [en el páramo de La Sarna] no se conocía lo suficiente en Sogamoso”, aunque “desde el primer aniversario algunos familiares de las víctimas acudían cada año al lugar donde ocurrieron los hechos para realizar una misa”. En Trujillo, “el municipio … ha sido recordado como un escenario donde la violencia política se ensañó contra la población… entre 1988 y 1994… sus víctimas acompañadas de organizaciones sociales… han realizado desde el año 1995 y hasta la fecha, doce peregrinaciones nacionales”. En Tumaco, “la Casa de la Memoria es un espacio social y pedagógico que busca la reivindicación de las voces de las víctimas acalladas por la violencia”. En el Alto Ariari, “los Misioneros Claretianos… se dieron a la tarea de recoger la memoria histórica de los crímenes de lesa humanidad cometidos en Colombia”. En San José de Apartadó “(…) se ha ido entendiendo que el plan oficial para la zona era de un total control militar-paramilitar… porque los recursos naturales… iban a ser puestos a disposición de… extranjeros. En medio de ese baño de sangre surgió una verdadera comunidad en resistencia”. En Caldas, “(…) en los eventos, cada organización ha contado desde su experiencia, el acercamiento a la historia reciente de dolor, su quehacer jurídico, organizativo, reivindicativo de derechos e incluso productivo, ambiental, barrial y en diversos escenarios y territorios desde los cuales brota la memoria del dolor y la pérdida, pero también del encuentro, los abrazos, las risas y las flores… Allí, han aparecido relatos diversos sobre lo que ha pasado…”.

Los fantasmas del futuro pueden reunirse en la frase del reporte de Tumaco: “El objetivo es generar conciencia de lo sucedido para promover un ‘basta ya’ a la guerra y una conciencia de que estos hechos nunca más se deben repetir”.

Para los Misioneros Claretianos, “volver a contar los hechos permite un encuentro con lo trascendente”. En realidad, estas iniciativas no solamente vuelven a contar los hechos, sino que constituyen una práctica experimental terapéutica, por una parte, y reconstituyente, por la otra. Ninguna de las formas es exclusiva; las seis combinan ejercicios comunes que tienden a despertar los recuerdos positivos con agradecimiento y a transformar los recuerdos dolorosos en energía para construir el futuro. Como aparece en los relatos, todas estas formas emplean símbolos vigorosos que mantienen vivos a los muertos mediante el recuerdo, y vivifican el futuro a través de la consciencia de la responsabilidad social. Esta se expresa en el “Nunca Más”.

El valor intrínseco de las formas presentadas consiste en su naturaleza experimental: todas son conjuntos de prácticas periódicas, repetitivas, rituales. Todas estas prácticas tienen, a su vez, una marca religiosa explícita, o bien, un trasfondo trascendental no confesional. En ambos casos se advierte que la eficacia de esos ritos de la memoria consiste en que les permiten a los participantes conectarse entre sí, en un nivel más profundo que el simple recuerdo anecdótico. Durante esos eventos, los participantes reviven los sentimientos del amor a sus seres queridos, en el caso de los familiares de las víctimas, y los demás participantes cultivan sus sentimientos de amistad y expanden su visión de la vida cuando meditan sobre la muerte. Las formas de amor que se ejercitan, al realizar el rito, son la materia prima de la solidaridad que construye o reconstruye sociedades. La función más significativa de esta publicación es mostrar que todos los fantasmas que paralizan nuestra imaginación pueden y deben ser conjurados si aspiramos a una vida en plenitud. Y que, además, hay formas de hacerlo siempre que se realicen en conjunto con otras personas y procediendo siempre con espíritu de entrega y de servicio a la causa de la justicia. La justicia es el nuevo nombre de la paz.

Alejandro Angulo S.J. Cinep/PPP,  diciembre 15 de 2016

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